LA GRAN DUALIDAD ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER, Y LA COMUNIÓN ÚNICA ENTRE AMBOS

Ambos, tanto hombres como mujeres tenemos la dualidad impresa, inherente en nuestra naturaleza, como parte de un orden universal. Es la razón profunda de estar constituidos por dos ojos, dos fosas nasales, dos brazos, dos piernas, dos pulmones, dos riñones, hasta el corazón dividido en dos hemisferios, al igual que nuestros órganos genitales.  La parte izquierda de nuestro cuerpo es nuestra parte femenina, con la mano izquierda absorbemos energía; la parte derecha de nuestro cuerpo es nuestra parte masculina, con la mano derecha, damos energía. Hagamos una prueba de lo anterior, si nos sentimos agotados por cualquier motivo,  tapemos la fosa nasal izquierda y obliguémonos a respirar tan solo por la fosa nasal derecha que es nuestra parte masculina por lo menos tres minutos y verán cómo cobran fuerza y energía; si nos sentimos inarmónicos o enojados por cualquier motivo, tapemos la fosa nasal derecha y obliguémonos a respirar tan sólo por la fosa nasal izquierda, que es nuestra parte femenina, por un periodo igual de tres minutos y verán cómo se calman y armonizan.

Muy independientemente a lo anterior, considero que hay diferencias abismales entre el hombre y la mujer (benditas diferencias); diferencias que hacen que la mujer se convierta en un misterio fascinante para el hombre, como la existencia misma.

Para una mujer, le resulta fascinante que el hombre intuya sus necesidades, sin que tenga que expresárselo directamente, porque para ella, ese detalle se traduce, que la entiende y que, por lo tanto, la ama. Una mujer admira a un hombre firme, definido, seguro en lo que anhela, en lo que hace, y que además piense con sensibilidad, en aspectos más allá de la simple materialidad, porque ella está más conectada al Universo, al ser “co-creadora de vida”. Ama al hombre que aparte de brindarle seguridad, le permita en todo momento,  “ser ella misma”. Ama al hombre que con sensibilidad,  respeta y acepta los cambios álgidos y repentinos derivados de su propia naturaleza femenina, que serán compensados con toda la ternura que a cambio puede brindarle. Ama al hombre que intuye acercase a ella, cuando se encuentre en sus momentos armoniosos y receptivos, para vivir ambos, ese lenguaje maravilloso de comunión íntima, que convierte el silencioso amor de ambos,  en el lenguaje sublime del Universo. Ama al hombre que sabe respetar, con la misma trascendencia que un sensible artista pintaría con delicadeza un paisaje maravilloso, o como un músico que interpreta una bella sinfonía,  en un instrumento delicado.

En un amor de esta magnitud, deja uno de ser uno mismo, para convertirnos en la Verdad del otro.

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